Saint Blackadder El lunes, septiembre 03, 2012 La gente piensa que el
obispo no es católico. Raúl Vera López, el obispo de Saltillo, canta
mambos, celebra misa con prostitutas, denuncia santos falsos, acoge a
la comunidad homosexual y piensa que la salvación en el Cielo no es
posible sin la liberación en la Tierra. POR EMILIANO RUIZ PARRA /
FOTOS DE ANA LORENZANA Bergen, Noruega — Raúl Vera López se enfunda el
hábito de dominico y se peina el delgado cabello blanco para tomarse
una fotografía con defensores de derechos humanos de todo el mundo,
entre ellos una premio Nobel de la Paz. Mientras tanto cuenta un
chiste. Y luego otro. Y otro. Los de curas son su especialidad: curas
borrachos, curas que desobedecen el celibato, y luego vienen los de
presidentes de México. El miércoles 3 de noviembre es un día
excepcional en Bergen, Noruega, la ciudad más lluviosa de Europa,
porque el sol calienta el patio de la Escuela de Economía de Noruega,
donde se reúnen para una fotografía grupal hombres y mujeres que han
sobrevivido a condenas de muerte, que han pasado años o décadas en la
cárcel o exiliados, que fueron torturados y perseguidos por pertenecer
a minorías étnicas, religiosas o sexuales. Raúl Vera, obispo de
Saltillo, se acomoda el solideo mientras cuenta el último chiste,
ahora en inglés, para que le entienda un noruego que se acerca a
pedirle que no se ría ni haga reír a los demás mientras les toman la
fotografía, o de lo contrario su imagen saldrá borrosa. El obispo de
Saltillo, Raúl Vera López, recibió en 2010 el premio de la Fundación
Rafto para los Derechos Humanos, uno de los más importantes del mundo
— cuatro laureados de Rafto obtuvieron después el Nobel de la Paz—,
cuando el comité de selección valoró el número de batallas en las que
estaba involucrado: la defensa de los transmigrantes centroamericanos,
los mineros de carbón, los homosexuales, los indígenas, las
trabajadoras sexuales, los familiares de desaparecidos de la guerra
contra el narcotráfico, los deudos de la mina de Pasta de Conchos,
donde sesenta y cinco mineros murieron sepultados; los trabajadores
del Sindicato Mexicano de Electricistas, despedidos en masa de una
empresa paraestatal en octubre de 2009… A Raúl Vera no lo han
torturado o exiliado, pero ya tomó precauciones: en su muñeca
izquierda porta una pulsera de acero con su nombre, sus datos de
contacto, su tipo de sangre, su alergia a los antibióticos: "Para el
día que me disparen sepan quién soy", me dice. La misma pulsera la
lleva su compañera de batallas, Jackie Campbell, quien sí tuvo que
salir de México tras casi tres años acosada por los paramilitares, las
incursiones a su departamento, donde le cortaban los cables del
teléfono sin tocar sus pertenencias, y los robos temporales de su
vehículo. Entre los premiados Rafto, Raúl Vera López goza de fama de
trasnochador y fiestero. Y bien ganada: el obispo de Saltillo se
siente tan cómodo en el bullicio de una cantina como en el silencio de
su reclinatorio, y tan a gusto celebrando misa con prostitutas en
Viernes Santo como discutiendo dogmas de fe con teólogos del mundo.
Siempre está conversando —ya sea con alguien más o consigo mismo—, y
por eso tarda eternidades en las pequeñas tareas de la vida cotidiana,
como vestirse o estacionar el coche. Pero esa torpeza con el volante
se compensa con el dominio de sus gadgets. Chico Mac — como lo define
Campbell—, carga con laptop, iPhone, iPad y BlackBerry y si acaso no
hay Wi-Fi sabrá cómo compartir la red de internet desde su teléfono. Y
es tan celoso de su dosis diaria de oración que a menudo se disculpa
en medio de una sobremesa, sube a la capilla del segundo piso de su
casa y celebra la misa en soledad. Sencillo en las necesidades de su
vida diaria, Vera López duerme en una camita igual a la de sus tiempos
de novicio y vive en una casa de amueblado rústico en cuya sala cuelga
un cuadro que le regalaron indígenas de Chiapas cuando dejó la
diócesis de San Cristóbal, con decenas de pequeñas manos y la leyenda:
"Jtatik, no existe lejanía". Maneja un Honda Accord blanco después de
que el anterior coche de la diócesis, un Pontiac de modelo viejo, se
perdiera completamente en una volcadura cuando el conductor esquivó un
tráiler y Vera López saliera ileso. Deportista en su juventud, aunque
impedido de correr tras una fractura mal cuidada en la pierna
izquierda, dedica unos cincuenta minutos diario a caminar, tiempo en
el que prepara mentalmente su sermón del día. La primera semana de
noviembre de 2011, la Fundación Rafto — nombrada en honor a Thorolf
Rafto, economista noruego y promotor de la democracia en Europa del
Este, que fue torturado por la policía soviética en Praga— cumplió su
veinticinco aniversario y una decena de sus veinticinco premiados
acudieron a celebrarlo. No todos pudieron venir: el vietnamita Thích
Quàng ô vive bajo arresto domiciliario; José Ramos- Horta es el
presidente de Timor Oriental, por mencionar dos destinos divergentes.
Seguí al obispo Raúl Vera hasta esta ciudad de la costa occidental de
Noruega y atestigüé algunos rasgos de la personalidad del obispo de
los que ya me habían platicado sus amigos y colaboradores. La noche
del sábado 5, unas jóvenes voluntarias de la fundación lo llevan a
tomar una cerveza al bar Biskopen, y cuando le dicen que el nombre del
bar significa "obispo", Vera López canta el merengue puertorriqueño:
"Mamita, llegó el obispo, llegó el obispo de Roma, / si tú lo vieras,
mamita, qué cosa linda, qué cosa mona", y da algunos pasos de baile a
las puertas del local frente a unas sorprendidas y emocionadas
voluntarias. Unas horas antes, sin embargo, se apasiona, manotea,
levanta la voz cuando le pido que me explique, una vez más, la
teología de Santo Tomás de Aquino y que me cuente la vida de Domingo
de Guzmán, Vicente Ferrer y Catalina de Siena, tres santos de su
congregación. Su rasgo de carácter es el apasionamiento. Pareciera
indignado cuando su tez blanca —fue pelirrojo y pecoso antes de
encanecer— se torna rosada, aumenta la potencia de su voz y agita el
índice de la mano derecha. En las reuniones con obreros despedidos,
campesinos despojados, transmigrantes extorsionados, homosexuales
perseguidos y esposas de hombres desaparecidos, es un diapasón que
vibra al ritmo de las denuncias que oye. Pero de inmediato la
indignación abre paso a una calidez de abuelo: con las dos manos
estrecha la cara de las mujeres y después les planta un beso por
mejilla: "Raúl Vera trata a la gente que acaba de conocer como si
fuera su amigo de toda la vida", me dice una colaboradora de la Rafto.
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